Israel’s pursuit of Hezbollah in Lebanon is a mistake. It is unwittingly targeting the best hope of civilized life in the Middle East (outside of Israel itself) and creating the kind of moral and institutional vacuum that engenders sectarian violence

(…) All of this progress has now been reduced to rubble. The infrastructure that took billions of dollars to rebuild is being pulverized. The institutions that managed to hold the internal peace are being blown away. The confident embrace of the outside world is dissipating. An atmosphere is now emerging in which civil society will shrink and extremists will thrive, as happened between 1975 and 1990.

Este artículo escrito por Alvaro Vargas Llosa puede servirnos como punto de partida. Lo que el intelectual peruano nos advertía, al comienzo de la guerra en Líbano e Israel, es que la destrucción de las infraestucturas libanesas, a la búsqueda de terroristas de Hezbolá, podría seguir la destrucción de las mismas estructuras políticas del Líbano, con nefastas consecuencias para la estabilidad política de la zona. Un estado libanés reducido a cenizas podría aumentar aún más el poder de los terroristas. Sin embargo, la mera existencia de las milicias de Hezbolá controlando partes importantes del territorio libanés cuestiona precisamente la premisa inicial: la potencia y “liberalidad” del estado del Líbano, incapaz en realidad de garantizar el monopolio de la violencia y el buen funcionamiento de las instituciones “democráticas”, dentro de su propio territorio.

En todo caso, la guerra en Israel y oriente medio, junto con la enorme fuerza transnacional de los movimientos islamistas, trae al primer plano la reflexión sobre el papel del Estado en el crecimiento económico y pacífico de las sociedades. En este sentido, Francis Fukuyama, a quien en Nodo 50 denominan un “pseudo-intelectual”, y que todos los libertarios contraculturales tacharán sin duda de peligroso “estatista”, escribió en 2005 un interesante informe sobre La construcción del estado (Amazon).

Fukuyama inicia su análisis prudentemente. Sabemos en realidad poco de lo que podría llamarse ciencia de la “administración pública”; un tipo de saber que desde Aristóteles se ha clasificado entre los prudenciales, es decir, aquellos que no pueden ser establecidos de antemano, sino que son esencialmente sensibles al contexto.

Hablando en general, enfrentaríamos tres grandes dificultades. En primer lugar, los variables grados de libertad que encontramos en la construcción del estado, que no acostumbra a seguir un curso definido previamente. En segundo lugar, el propio devenir histórico que siempre está teniendo lugar, las reformas legales, los cambios constitucionales y de régimen, etc. En tercer lugar, la extraordinaria variabilidad cultural de las instituciones en el mundo debido a diferencias contextuales basadas en la experiencia histórica y en la propia cultura de las naciones.

El estado al principio del siglo XX era mínimo: un vigilante nocturno que controlaba no más del 10 % del PIB. Sin embargo, en el curso del siglo pasado el estado ha llegado a incorporarse casi el 50% del PIB (hasta el 70% en el caso de la socialdemócrata Suecia). El estado alcanzó el máximo crecimiento con los regímenes comunistas implantados bajo el poder del imperio soviético, donde los tentáculos políticos llegaron a alcanzarlo casi todo: la sociedad civil, la familia y el resto de las instituciones humanas y sociales.

Desde entonces (revolución de Thatcher y Reagan, caída de la URSS) hemos experimentado un periodo de decrecimiento del estado:

We have been in a period of the retreat of the state ever since the Reagan-Thatcher revolution some twenty-five/thirty years ago, accelerated by the collapse of the Soviet Union, in which the major thrust of world politics has been to reduce states, to make them smaller, to privatize, to deregulate.

Sin embargo, las experiencias de privatización que no han sido amortizadas por la fortaleza del estado y sus instituciones han resultado nefastas para muchos países del tercer mundo (y de los países en desarrollo, véase el caso argentino). La experiencia histórica, no los saberes proféticos o aprioristas, acreditan que el “libre mercado” no funciona sin el estado (Fernando Savater lo recordaba hace poco):

If you transpose the problem to the developing world and to poorer countries, the central problem is in most cases not an excessively large state but an excessively weak one.

El informe para el desarrollo del Banco Mundial de 1997 proporcionó una lista de las tareas del estado. Incluía una lista de disposiciones mínimas que ni los más libertarios del lugar (según Fukuyama, aunque en esto se equivoca: sobreestima la inteligencia de muchos liberales) negarían: defensa, ley y orden, derechos de propiedad.

If you ask what is the essence of a state, Max Weber’s classic definition still applies. He said that the state is a “legitimate monopoly of violence over a defined territorial area," which means ultimately that the state’s essence is its coercive capacity, its ability to send a guy with a uniform and a gun to make you obey the state’s laws. We hope that most states do this not by brandishing that coercive power overtly; they do it in more subtle ways, but if a state cannot enforce the law, it is not a state.

Unfortunately, all too many states in the developing world are good and effective at jailing journalists or intimidating political opponents; on the other hand, they can’t issue visas and they can’t register businesses and provide for security walking down the street in their capital city. There’s a great inconsistency in where a state is with respect to any of the functions on the X axis along the bottom and how well they can exercise any one of those particular functions.

Se trataría, según Fukuyama, de alcanzar un equilibro entre funciones e instituciones del estado, compatibles con el desarrollo económico. Que el estado sea eficiente en sus funciones, pero sin desbordarlas. Funciones mínimas: derechos de propiedad, estado de derecho, seguridad doméstica y defensa nacional. Lo que llama “cuadrante 1” se identificaría, si no me equivoco, con el estado liberal, mientras que el “cuadrante 4” representaría al estado socialista, casi totalitario, al cual por cierto se dirigen últimamente no pocas naciones de la Unión Europea, incluyendo a España.

Los países subdesarrollados no han cubiero estas funciones mínimas. Incluso, a pesar de que habíamos creído en la Unión Soviética como ejemplo de estado fuerte, quizás estuviéramos algo equivocados:

The former Soviet Union is way out at the right side. We thought it had an extremely strong state in terms of the ability to enforce, but we now realize in retrospect that they had a huge black market and lots of corruption. Their state didn’t perform as effectively as we believed a totalitarian state did.

A partir de los noventa, con la caída del régimen comunista, Rusia inició un proceso de “democratización” y de “capitalización” deficiente precisamente por la debilidad de sus instituciones.

After 1989, it became a market-oriented, feckless democracy. Unfortunately, at the same time, it moved downwards in terms of the effectiveness of its institutions. The Russian state has had a chronic problem in the 1990s: it can’t collect income tax, as it doesn’t have the administrative ability to even collect taxes; it can’t control mafias; it can’t provide law and order on the streets of Moscow. And so it has moved in a southwesterly direction.

No basta con la privatización. El estado no debe retirarse. El crecimiento económico y la seguridad, en suma, los mismos valores tradicionales del liberalismo, son incompatibles con un estado debilitado cuyas instituciones sean impotentes para hacer cumplir la ley y asegurar la paz. Así se expresa ahora Milton Friedman:

I have this on the authority of no less a figure than Milton Friedman, who gave a fascinating interview a couple of years ago where he said, “Ten years ago my advice to any transitional country coming out of socialism would have been privatize, privatize, privatize, because you have to get stuff out of the state sector as quickly as possible. Today I wouldn’t give that advice any more. I would say a rule of law is more important before privatization."

Lo mismo vale para el caso africano. No se trata de una falta de ayuda externa, sino de la debilidad institucional, del fracaso de los estados africanos:

Sub-Saharan Africa has a number of states that have had decreasing per capita GDP over the last twenty-to-thirty years, and in some cases you have less competent state administration in those countries than you did at the time of independence from colonialism. This is not for lack of the outside world trying to help them — approximately 10 percent of the GDP of the entire region outside of South Africa is contributed by the international community — but because of the lack of strong, non-corrupt, transparent government institutions.

Al igual que Samuel Huntington (Political order in changing societies) Fukuyama nos recuerda que la política cuenta, que la democracia no puede funcionar fuera de un estado fuerte y competente. Lo cual remarca el fracaso de las políticas de ayuda basadas únicamente en la inyección de capitales, pero también las ayudas al desarrollo basadas en el soporte a la “sociedad civil”. En suma, las reformas políticas son imprescindibles. Sin embargo, Fukuyama alerta sobre la necesidad de que exista una demanda interna para el cambio democrático. En otro supuesto la democracia funcionará con calzador. Aquí el análisis de Fukuyama se cruzaría con el de Daniel Pipes, que ya había advertido sobre el “radicalismo” de la administración Bush en su nueva política de democratización en oriente medio.