Estoy leyendo La contracultura a través de los tiempos (Anagrama, 2006), por Ken Goffman (alias R.U Sirius, uno de los últimos "gurús" de la cibercultura).
Antes que nada conviene advertir que este ensayo está escrito desde un punto de vista emic, interno a la propia contracultura, lo que significa que resulta compatible con las interpretaciones de los propios agentes contraculturales, de los participantes en la "fiesta". Este punto de vista, por supuesto, no tiene porque coincidir con lo que Pike llamaba metodología etic, categorial, propia del observador. Los autores, ellos mismos "contraculturales", valoran de entrada a la contracultura como un concepto positivo, lleno de optimismo y "maná", capaz de imprimir una suerte de movimiento "progresista" a la historia. El propio título del libro sugiere que la realidad humana posee una estructura dialéctica "a través de los tiempos". En la lucha entre cultura y contracultura, conservadurismo y progresismo cultural, se desplegaría la marcha del "espíritu" humano en su búsqueda de mayor libertad e individualidad. Creo que esta es la tesis principal de Leary y Goffman.
Aún no he decidido si el libro merece la pena. De momento, me concentraré en el prólogo que escribe Timothy Leary:
La contracultura florece donde quiera y cuando quiera que unos cuantos miembros de una sociedad eligen estilos de vida, expresiones artísticas y modos de pensar y ser que abrazan con entusiasmo el antiguo axioma de que la única constante verdadera es el cambio en sí mismo. El signo de la contracultura no es una forma o una estructura social específica, sino más bien el desvanecimiento de formas y estructuras, la deslumbrante velocidad y flexibilidad con que aparecen, mutan y se metamorfosean unas en otras y desaparecen.
Este párrafo tan heraclíteo parece evocar los movimientos autodestructivos de la moda. La única constante es el cambio. No puedes bañarte dos veces en el mismo río. La contracultura (este es un juicio etic) equipararía su estructura formal al de la moda. Pero, paradójicamente, la contracultura pretende ser la Antimoda por excelencia.
(…) En la contracultura, las estructuras sociales son espontáneas y pasajeras (…) La contracultura carece de estructura formal y de liderazgo formal (…) pero el objetivo de la contracultura es el poder de las imágenes y de la expresión artística, no la adquisición de poder político personal.
Este fragmento quizás le gustaría a Juan Manuel de Prada. La contracultura es lo que proporciona el "impulso estético" característico del hombre. ¿Los de Altamira eran estetas contraculturales? Aquí es donde aparece la segunda característica de la contacultura, emic: su carácter libertario, no organizado. En cuanto una contracultura se organiza, se legitima a sí misma y desaparece.
Me resulta llamativo especialmente el carácter en sí mismo trágico de la dialéctica contracultural: jamás puede encontrar reposo, siempre habrá alguna cultura legítima y organizada contra la que luchar. Al menos, hasta que se implante el anarquismo.