Las siglas X21, según explicaban en Politics central, designan provisionalmente a ese cada vez más significativo grupo de americanos que rehusan identificarse a sí mismos como "liberales" o "conservadores" (demócratas/republicanos). Dicho rápicamente, los X21 serían personas que no se consideran ni de izquierdas, ni de derechas, aunque tampoco se situarían en el "juicioso centro", esa especie de imposible punto arquimédico o de utópico sosiego político. Conviene cuestionarse, desde España, la utilidad de este concepto. ¿Somos X21?
La oposición entre izquierda y derecha, procedente de la posición topográfica de los representantes en la Asamblea francesa de 1789, ha corrido una suerte desigual y en la actualidad hace falta un enorme esfuerzo conceptual (o simplemente, mucha caradura) para intentar definirla con alguna precisión.
La "izquierda" se definió en principio en torno al republicanismo, a la nación política y los derechos individuales (Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano), frente al antiguo régimen (la derecha) que defendía el principio monárquico y los privilegios estamentarios. En este contexto, el "progresismo" de la izquierda tendría que ver con el progreso hacia la nación política y la soberanía popular mientras que el "conservadurismo" tendría que ver con la conservación del viejo estado, de las estructuras políticas del antiguo régimen.
Sin embargo, la izquierda ha pasado desde entonces por muchas "generaciones". La izquierda "liberal" de Cádiz, la izquierda anarquista de Bakunin o Kropotkin, el marxismo, la socialdemocracia, el eco-izquierdismo, la izquierda de la contra-cultura…(una izquierda extravagante que, parafreseando a Alfonso Guerra, "No la reconocería ni la madre que la parió"). Pero no siempre la distinción izquierdas-derechas ha sido considerada fundamental. Para Lenin, por ejemplo, el "izquierdismo" no pasaba de ser "la enfermedad senil del comunismo".
En España los electores se dividen siguiendo el canon de la monarquía de partidos y del estado autonómico. Pero mientras el Partido Socialista pretende aún definirse como "de izquierdas" y "progresista" (Rodríguez: "La derecha no me ha enseñado nada"), el Partido Popular rehúsa por regla general el término "derecha", y prefiere definirse como "centrista" o "conservador". Naturalemente, ninguno de estos términos (progresista-conservador) tiene ningún sentido si no se definen previamente sus parámetros. ¿Progresar hacia qué? ¿Conservar qué?
El "centrismo" surge en España con la transición a la democracia parlamentaria tras la muerte del jefe del estado, Francisco Franco, en 1975. Todo el proceso coronado por la constitución de 1978 puede ser considerado "centrista", en la medida en que implicó un compromiso negociador entre los extremos políticos del espectro hispano (desde la estrategia de "reconciliación nacional" del PCE al tardofranquismo reformista del "espíritu del 12 de febrero"). Esta negociación, llevada en su mayor parte en el más sigiloso secreto por los futuros clientes de la partitocracia y dueños absolutos del Estado, -aunque ampliamente plebiscitada por los electores españoles-, conservaba en su seno la posibilidad y quizás la necesidad de su propia destrucción. El texto constitucional, fruto de las transacciones ocasionales entre los representantes de las izquierdas y las derechas, está plagado de expresiones ambiguas cuando no netamente contradictorias (como la famosa "nación de naciones"). La implementación de esta siempre sobrevalorada Constitución que define a España como "estado social y de derecho" ha dado lugar a un estado autonómico lastrado por una insoportable hipertrofia política, a un mengua del proceso de mercado y a una paulatina pero segura degeneración de la vida educativa y cultural.
El "centrismo", característica más señera de la transición, se encarnó en el partido trifunfante de la primeras elecciones "democráticas": la Unión de Centro Democrático (más tarde CDS). Los "centristas" eran, en esencia, franquistas reformados resueltos a ocupar las instituciones evitando toda revolución social, precisamente para consolidar la transición pacífica "de la ley a la ley". Pero pese a estas bellas intenciones, en los años setenta se pudo ver en España una notable aceleración de las "luchas de clases", fabricadas en muy buena parte desde el nuevo sindicalismo y los partidos "obreristas", además de asistir al recrudecimiento del terrorismo secesionista de ETA en un modo nunca antes conocido. La época "centrista" resultó ser económicamente difícil, políticamente incapaz y culturalmente desdichada. La obra del socialismo español, a partir de 1982, fué esencialmente continuísta, y no resultó sino tibiamente rectificada por la administración del conservador Aznar.
Hoy, muchos ciudadanos españoles rehusan también definirse como de izquierdas o de derechas, progresistas o conservadores. Y no necesariamente porque se haya asumido el "ocaso de las ideologías" o el "fin de la historia". ¿Puede tratarse de un cansancio lentamente acumulado de la monarquía de partidos? Aquellos que no se sienten especialmente favorecidos por el autonomismo, regionalismo y nacionalismo político dominantes tienen derecho a exigir un cambio en la praxis y en las categorías políticas. Es probable que el número de x21 en España esté progresando mucho desde esta "segunda transición" que consagra los privilegios del autonomismo y de una clase política devoradora que apenas cuenta hoy con auténtica oposición.