En la sociedad repleta de información y espectáculo, la edad deja de ser criterio de capacidad y, como el sexo femenino, adquiere valor "per se". La sabiduría no es fruto de la experiencia. Las innovaciones tecnológicas dejan en la cuneta del progreso saberes acumulados durante generaciones. Y la sociedad civil pierde en sentido común y coherencia lo que gana en sentido práctico y contradicción. La adaptación al medio, como en los ancestros de Atapuerca, arrincona en brasas de invierno los ideales de juventud y las memorias de la vejez. En la transición del presente al presente, en un mundo sin causas, el talento, la historia y la novela pierden su razón de ser.
Esto lo escribe hoy Antonio García Trevijano. Kierkegaard, en su Tratado sobre la desesperación, ya nos alertaba también de que la sabiduría no crece como la barba. Nada nos asegura que la jubilación sea la vía regia hacia un nuevo y especial saber sobre la vida. Hoy vivimos algo así como la paradoja de lo viejo y lo nuevo. La obsolescencia programada de todas las cosas y la rápida propagación y destrucción de las modas refuerza una visión del mundo instantánea, a la manera como la economía de las redes eclipsa la distancia y el tiempo. Porque no sólo es lo nuevo, sino que es lo instantaneo -hic et nunc, aquí y ahora- aquello que recibe valor por sí mismo. En esto nos distinguimos de las sociedades llamadas "tradicionales". El homo religiosus de Mircea Eliade centraba su experiencia comunitaria de la vida en el quid tempus, en el tiempo de los orígenes, de los héroes fundadores in illo tempore.
Lo viejo y lo antiguo sólo cobran valor en tanto asumen valores compatibles con lo "moderno". Se nos está permitido ser ancianos, pero siempre y cuando tengamos el "espíritu jóven". Para eso existen innúmeras tecnologías (físicas y sociales) de la juventud: el viagra, los humillantes viajes del Inserso, el Tai-chi, los siniestros "hogares del jubilado", los chat para adultos &c. Por supuesto, al igual que Siddartha terminó por ver la verdad de la precariedad y la agonía humanas, ni la cursilería de los pedagogos, sexológos, políticos y trabajadores de ONG, ni toda la maquinaria del "estado del bienestar", ni el palacio de la tecnología al completo conseguirán librarnos de la realidad.

